La biblioteca
Ciento treinta y dos libros, y desde dónde los leo.
Abajo está la biblioteca entera, por tema y con una ficha por libro. Antes conviene decir quién la ordenó: eso explica qué busco cuando abro uno.
De Barinas a Barinitas
De niño viajaba con mi papá de Barinas a Barinitas, en Venezuela, por la carretera que empieza a subir hacia los Andes. En el carro sonaba Jorge Guerrero.
Soy colombiano y soy llanero araucano, y las digo juntas porque van juntas. Esa carretera explica por qué: el llano no es para mí un paisaje, es un sonido. Arpa, cuatro y maracas —esa es toda la orquesta— y una voz que sostiene una nota más tiempo del que parece posible.
El llano es la sabana que baja de los Andes y sigue plana hasta el Orinoco: ganado, calor y el horizonte a la altura de los ojos. Arauca es la parte colombiana de esa llanura y su frontera es un río, el Arauca. Barinas y Arauca están a lados distintos de una línea y en el mismo mundo: el acento, la comida y la música son los mismos en las dos orillas.
La hallaca lo demuestra. Masa de maíz teñida con onoto —o achiote, según de qué lado se diga—, un guiso cocinado el día antes, hoja de plátano, pita y agua hirviendo. Se arma en cadena —uno extiende, otro rellena, otro amarra— y es la comida de diciembre. Venezuela la reclama como propia y el llano colombiano también, y las dos tienen razón: es el mismo plato en las dos orillas del mismo río, con discusiones firmes sobre las pasas y las aceitunas. Crecí comiéndola a los dos lados de esa discusión. Que dos versiones distintas de la misma cosa puedan ser las dos correctas es, mirado de lejos, casi todo lo que hago en el trabajo.
El país alrededor
Colombia no cabe en una región, y ese es el orgullo. En el Caribe, el acordeón, la caja y la guacharaca arman el vallenato y cuentan una historia entera de corrido. Del río Magdalena viene Totó la Momposina, que cantó con tambores lo que se canta en esos pueblos, tal como se canta, sin suavizarlo para que entrara mejor. Cada región entrega lo mejor que tiene y suena distinta de la de al lado: dos mares, una cordillera partida en tres y una música por valle.
Bogotá está a 2.600 metros, donde uno sale con chaqueta aunque la mañana esté abierta. Zipaquirá queda a una hora, con una catedral excavada dentro de una mina de sal. Del himno no hay mucho que explicar: quien lo ha cantado de pie y rodeado de gente sabe qué pasa en el pecho hacia el segundo verso. Con la selección pasa lo mismo, y no depende del marcador.
Tres países, una costumbre
La infancia en Venezuela, la adolescencia en Colombia, dos años en Adelaida y hoy Ecuador. Escrito seguido parece una lista de mudanzas. No lo es.
Cada mudanza le quita a uno una certeza. Se descubre que la hora a la que se cena era local. Que «ahorita» significa cosas distintas en cada país y en ninguno significa «ahora». Y después, las cosas serias: en Adelaida una factura es un documento que usted emite y guarda; en Ecuador una factura no existe hasta que el SRI la autoriza. Eso no cambia una pantalla, cambia la forma del sistema entero.
Esa es la costumbre que me quedó: mirar lo que en un sitio se da por descontado y preguntar si aquí también vale. Es lo que hace un arquitecto cuando entra a una empresa. Cada empresa es un país pequeño: tiene su idioma —cómo llama a un cliente, a un pedido, a una orden— y sus fronteras internas. Quien llega convencido de que su manera es la manera termina instalando el sistema de su trabajo anterior. Quien ya se mudó varias veces pregunta primero y configura después.
Cómo leo
Leo igual. Un libro de otro país, de otra década o de otra industria no viene a decirme cómo se hacen las cosas: viene a mostrarme qué daba por obvio quien lo escribió. Esa es la parte que sirve.
Leo para resolver algo. Un libro entra cuando hay una pregunta esperándolo, se lee por el capítulo que responde y se vuelve después por el resto. Casi todos están en inglés, que es donde se publica primero lo que necesito; la matemática y la estadística las busco en español, que es donde pienso.
Lo otro que dejan las mudanzas es la manía de inventariar. La biblioteca es una sola carpeta. Cada archivo se llama «Título - Autor», y los datos de dentro del PDF dicen lo mismo que el nombre de fuera: si no coinciden, el buscador no encuentra nada. Los veinte libros repetidos se compararon por páginas y por texto, no por nombre: más de una vez la copia mejor nombrada era la recortada. Es el mismo trabajo que hago en una empresa con un maestro de productos, a otra escala: un catálogo en el que no se confía deja de consultarse.
Qué hay en los estantes
El peso del catálogo está donde está el trabajo: sistemas de IA que aguanten producción, con los clásicos de datos y de arquitectura detrás.
Los demás: 17 de negocio y ventas, 16 de formación —la matemática, la estadística y la lógica que sostienen lo anterior—, 8 de finanzas, 3 de normativa tributaria y 12 que no caben en ningún estante: Kahneman, Taleb, Meadows, Musashi, Jung, Zweig.
Y las ausencias dicen tanto como las presencias. De Odoo, que es mi trabajo diario, hay un solo libro. De seguridad aplicada, ninguno. De dirección de equipos, tampoco. Del inglés hay gramática y escritura académica, y ni una página de conversación. No es una excusa: es la lista de compras del año que viene.
Entre aquella carretera y un libro de Kleppmann sobre sistemas distribuidos, leído en un escritorio de Quito, hay cuatro países. Por eso leo como leo: buscando lo que el autor no dijo porque en su sitio no hacía falta.