El sistema que el libro divulga clasifica la conducta en cuatro tipos —el dominante, el expresivo, el estable y el analítico— y viene de un modelo de los años veinte que después se convirtió en un producto comercial. El prólogo de esta edición lo firma el heredero de la empresa que vende esa prueba, y el libro nunca discute su validez: la da por probada porque se aplicó muchas veces, que no es lo mismo.
Qué sobrevivió
Una sola idea, y no es original suya: la misma información se entrega distinto según quién escucha. Hay quien quiere la conclusión en la primera línea y se impacienta con el razonamiento; hay quien no acepta la conclusión si no vio los datos que la sostienen. Cuando preparo una presentación pienso por separado en esas dos personas, porque casi siempre están las dos en la sala.
Y un efecto útil al revés: leer las descripciones sirve para reconocer el propio sesgo al explicar. Uno explica como le gustaría que le explicaran, y eso funciona con la mitad de la gente.
Qué dejé fuera
Lo demás, empezando por la premisa. Etiquetar a alguien con un color es la manera más rápida de dejar de escucharlo: una vez que decidí que alguien es de un tipo, todo lo que hace lo leo como confirmación. En una reunión de relevamiento eso es exactamente lo contrario de lo que hace falta.
Y el título, que no es un detalle. Un libro que propone entender mejor a los demás y los llama idiotas en la portada está vendiendo otra cosa: el permiso de creer que el problema siempre está del otro lado. Lo leí entero y lo dejo aquí por honestidad de la lista, no por recomendación.