Está escrito por dos personas que hacen interfaces y no por dos diseñadores que escriben: cada regla viene con un antes y un después dibujado al lado. La estructura va de lo general —cómo empezar, jerarquía, espaciado, tipografía, color, profundidad, imágenes— a los detalles, y cada apartado cabe en dos páginas.
Qué saqué de él
Empezar por una función concreta y no por la plantilla de la página. Una pantalla se diseña resolviendo lo primero que alguien va a hacer en ella; el marco, el menú y el pie aparecen después o no aparecen. Esto cambió el orden con el que armo una vista o un informe: primero la columna que la persona vino a mirar.
Limitar las opciones por adelantado. Una escala fija de tamaños y de espacios, una lista corta de tonos definida antes de empezar, y se acabó la discusión de si van doce o catorce píxeles. La coherencia no sale del buen gusto, sale de tener menos opciones.
Y la regla que más uso: destacar algo apagando lo que lo rodea. En una pantalla donde todo grita, la solución casi nunca es agrandar lo importante; es quitarle peso al resto. Sirve igual en un documento que en una interfaz.
Qué dejé fuera
Los capítulos de imágenes y de sombras, que resuelven problemas de producto de consumo y no de pantallas de trabajo. Y una advertencia sobre el alcance: esto es diseño de interfaz, no es contenido ni es conversión. Una pantalla puede quedar impecable y seguir sin decir a qué vino. Para eso hay que leer otra cosa.