El libro tiene tres partes: la historia del autor, sus principios para la vida y sus principios para el trabajo. La primera se lee bien, las otras dos son listas numeradas que se repiten entre sí y que nacieron como documentación interna de un fondo de inversión.
Qué saqué de él
La bitácora de errores. La práctica de anotar lo que salió distinto de lo previsto y, al lado, la regla que queda para la próxima vez. No es un diario ni una autocrítica: son dos líneas y una regla. Desde que la llevo, cada trabajo termina con esa anotación, y el efecto real no es dejar de equivocarse, es dejar de equivocarse dos veces de la misma forma, que es lo único que se puede pedir.
La segunda idea que uso es la distinción entre un mal resultado y una mala decisión. Se puede decidir bien y que salga mal; se puede decidir pésimo y tener suerte. Si uno juzga las decisiones por sus resultados, aprende lo contrario de lo que debería. Revisar la decisión con la información que había en ese momento es incómodo y es lo único justo.
La tercera es menor: la idea de que el peso de una opinión debería depender del historial de quien la da en ese asunto concreto. En una reunión con varios proveedores, esa pregunta —quién de los presentes hizo esto antes y cómo le fue— ordena la conversación rápido.
Qué dejé fuera
La transparencia radical, que es el corazón del libro, y que consiste en grabar las reuniones, calificarse entre colegas en público y discutir en frente de todos. Funciona en una firma que contrata sabiendo que eso es el trato. Trasplantada a una empresa mediana latinoamericana, donde la jerarquía y la cara importan, produciría silencio y renuncias. También dejé fuera el largo: el libro diría lo mismo en un tercio de las páginas, y la parte biográfica es la única que justifica su extensión.