Los autores ordenan el oficio en generación, almacenamiento, ingesta, transformación y entrega, y después agregan lo que llaman corrientes de fondo: seguridad, gestión de datos, operación, arquitectura, orquestación e ingeniería de software. Lo interesante es que esas seis no son etapas, atraviesan todas, y por eso nadie las pone en el cronograma.
Qué me llevé
La orquestación tratada como una preocupación permanente y no como una tarea. Un proyecto de datos sin orquestación no es un proyecto a medias: es un informe que alguien corre a mano el día tres de cada mes, hasta que esa persona cambia de puesto y nadie sabe qué archivo abría. Ese final es tan frecuente que ya lo doy por escrito en las propuestas.
Las tres preguntas sobre el sistema de origen, que hago antes que cualquier otra cosa: quién genera el dato, con qué frecuencia cambia su estructura y quién avisa cuando cambia. La tercera casi nunca tiene respuesta, y ahí está concentrado el riesgo de todo el proyecto.
Y la insistencia en los requisitos no funcionales al principio. Cuánto puede tardar, cuánto puede costar, quién puede ver qué. Se dejan para el final porque son incómodos y son los que después obligan a rehacer.
Qué dejé fuera
El repaso de herramientas, que envejeció rápido, y el marco de la llamada pila de datos moderna, que en 2022 se vendía como el futuro y hoy es una etiqueta de catálogo con varias de sus piezas absorbidas o cerradas. El libro es deliberadamente agnóstico y eso lo hace largo: hay capítulos que dedican veinte páginas a lo que cabe en una lista de diez puntos.