Zweig escribe la vida de Joseph Fouché como el retrato de un tipo humano: el hombre sin convicciones que sobrevive a todos los que sí las tenían. Cambia de bando siempre a tiempo, nunca quema un puente del todo y termina cada época en un despacho mientras los que gritaban más fuerte terminan en el exilio o en la guillotina.
Qué me llevé
Aprender a leer a esa persona en una organización. En cualquier proyecto largo hay alguien que no es el que más sabe ni el que más habla, y que sigue ahí después de tres reorganizaciones y dos gerentes. Tratarlo como un obstáculo o ignorarlo son las dos formas de perder; entender qué protege es la única que sirve.
La paciencia como táctica. Fouché pierde posiciones y espera. Traducido a mi trabajo: una propuesta rechazada en marzo no está muerta, está esperando que cambie la circunstancia que la hizo inconveniente. Lo que sí está muerto es un puente quemado.
Y el criterio que uso antes de presentar algo importante: el poder real rara vez coincide con el organigrama, y conviene saber quién puede hundir una iniciativa sin decir una palabra en la reunión.
Qué dejé fuera
El juicio moral de Zweig, que es el motor del libro y también su límite. Escribe con desprecio y el desprecio lo vuelve peor analista: pinta a un oportunista sin principios y se le pasa que ese mismo hombre mantuvo un ministerio funcionando mientras los que tenían principios se mataban entre ellos. Hay que leerlo sabiendo que el autor ya dictó el veredicto en la primera página y que el resto es la acusación.