Es una obra de referencia colectiva: conceptos y autores de lógica, teoría de la argumentación, retórica, filosofía del lenguaje y metodología, cada entrada escrita por un especialista. Abducción, reducción al absurdo, actos de habla, analogía, falacias, carga de la prueba. La calidad es despareja, como en todo volumen con muchas firmas, y el nivel es académico.
Qué me llevé
Poder nombrar los movimientos. En una discusión sobre qué hace o no hace un sistema, aparecen siempre los mismos: apelar a la autoridad —un proveedor grande lo hace así—, apelar a las consecuencias —si decimos eso el proyecto no se aprueba—, mover la carga de la prueba al que objeta. Reconocerlos no es para ganar la discusión; es para pedir lo que falta sin acusar a nadie.
La carga de la prueba es la entrada que más uso. Quien afirma que algo es posible es quien tiene que mostrarlo, y en los proyectos de sistemas esa carga se invierte con naturalidad: alguien promete y el técnico queda obligado a demostrar que no se puede. Tener claro a quién le toca probar cambia el tono de una reunión entera.
Y la distinción entre convencer y persuadir, que suena a sutileza y no lo es: convencer apunta a razones que se pueden revisar; persuadir, a que alguien actúe. Una propuesta honesta necesita las dos, en ese orden.
Qué dejé fuera
La mayor parte del volumen, que es de filosofía y está escrita para gente de filosofía. Las entradas de lógica formal son técnicas y no me aportan; las de retórica clásica son historia. Además la edición que tengo está escaneada y se lee mal. No lo recomendaría a nadie de mi oficio salvo que le interese el tema por sí mismo: es un libro de consulta ocasional, no una herramienta de trabajo.