Los autores arman un agente por capas: primero el modelo, después la capacidad de razonar antes de actuar, después la memoria, después las herramientas y la forma estandarizada de conectarlas, y al final la planificación y la reflexión. Recién ahí, con todas las piezas sobre la mesa, hablan de evaluación y de sistemas con varios agentes. La ilustración no es decoración: es el argumento.
Qué hice con él
Me quedé con el orden. Cuando alguien pide «un agente», la conversación útil es cuál de esas capas necesita: muchas veces alcanza con un modelo que lee documentos propios y devuelve texto, sin memoria ni herramientas, y eso se construye en una semana. El vocabulario por capas convierte una petición difusa en una lista de decisiones con costo distinto.
El capítulo de evaluación me dio un argumento que uso tal cual: a un agente no se lo juzga solo por el resultado sino por el camino. Dos respuestas correctas, una obtenida en dos pasos y otra en once llamadas a herramientas, no son el mismo sistema; la segunda cuesta más y se rompe antes.
Y el capítulo de memoria me sirvió para poner límites por escrito. «Que recuerde» significa cosas muy distintas —lo dicho en esta conversación, lo aprendido del usuario, lo que está en los documentos— y cada una tiene implicaciones de privacidad diferentes, que en una empresa hay que acordar antes y no después.
Qué dejé fuera
El hilo práctico de construir un agente mínimo a mano. Está muy bien pensado como ejercicio, pero es para quien programa; yo lo hojeé. Y el capítulo de agentes multimodales, que es el que menos se parece a lo que aparece en una empresa mediana. El libro es largo y se nota que quiso cubrirlo todo.